Monótono y tarde va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y llegan las tardes plomizas de invierno
y la salmantina de rubios cabellos,
ve todas las tardes pasar en silencio,
los seminaristas que van de paseo,
pero no ve a todos no,
ve solo a uno de ellos,
al seminarista de los ojos negros,
cada vez que pasa gallardo y esbelto
obseva la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sonatas marciales arreos
cuando de ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audace miradas de fuego,
parecen decirle, te quiero, te quiero,
si yo no soy tuyo, me muero,me muero
y a la niña entoces se le oprime el pecho
la labor suspende, olvide su rezo,
y ya solo vive en su pensamiento aquella
mirada de los ojos negros.
En una mañana nublosa de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho
oyó tristes cantos y fúnebres rezos,
por la angosta calle pasaba un entierro,
un seminarista sin duda era el
muerto pues llevaba en hombros
su féretro con la veta roja,
el bonete negro,
con las voces roncas cantaban
los clérigos,
los seminaristas iban en silencio
siempre en sus filas hacia el cementerio,
como por las tardes iban de paseo,
la niña mira con temor el séquito,
les conoce a todos a fuerza de verlos,
solo, solo falta entre todos ellos,
el seminarista de los ojos negros.
Corrieron los años, pasó mucho tiempo
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvadoel cuerpo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo,
la labor suspende, los mira y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos,
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Vieja, sola y triste aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros.

Poema anónimo.

ISIDORO DE LA FUENTE BAYON

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